“PIEDAD PARA LOS MARTIRIS DE BHOPAL”


Son cientos de pobres los que desembarcan todos los días de los vagones y de los techos del Shatabdi Exprés, del Punjab Mail y de todos los trenes que convergen en la capital desde las cuatro esquinas del inmenso continente indio. Patético rebaño de hombres, de mujeres y de niños cargados de cestas y de hatillos, vienen a sumarse a la multitud de manifestantes congregados en el calor infernal que petrifica a Nueva Delhi en estos días de julio. Vienen a mostrar su apoyo al grupo de huelguistas de hambre que en una acera de la capital han jurado librar un combate hasta la muerte. Estos desesperados y los que les rodean son todos oriundos de la ciudad de Bhopal donde, en la noche del 3 de diciembre de 1984, una nube de gas que escapó de una fábrica de pesticidas perteneciente a la multinacional norteamericana Union Carbide causó entre 16.000 y 30.000 muertos, antes de envenenar en distinto grado a más de medio millón de habitantes. Fue el accidente industrial más mortífero de la historia.

Los responsables de esta catástrofe, con el presidente de Union Carbide a la cabeza, Warren Anderson, nunca han sido llevados frente a un tribunal para explicar porqué, con el único afán de ahorrar gastos, suprimieron uno a uno los sistemas de protección que debían garantizar la seguridad de la fábrica. En 1992, un tribunal indio lanzó una orden de arresto por Interpol contra el Sr. Anderson acusado de “homicidio”, una acusación que podía justificar una petición de extradición. Pero las autoridades norteamericanas no respondieron a la petición india. No arrestaron a Warren Anderson, quien hoy en día continúa desaparecido. Durante la minuciosa investigación de tres años que he llevado a cabo junto a Javier Moro para reconstruir la tragedia de este accidente industrial (Era medianoche en Bhopal, ed. Planeta), no hemos conseguido localizar a este hombre responsable, aunque sea involuntariamente, de cinco veces más muertos que los causados por el atentado del 11 de septiembre 2001. Su casa de Vero Beach, en Florida, donde se ha jubilado, está desierta desde hace varios años. Al igual que Bin Laden, Warren Anderson es un fugitivo.

Y he aquí que, en una decisión sorprendente, el gobierno indio acaba de presentar en el tribunal de justicia de Bhopal que persigue a Anderson la petición de transformar la acusación de “homicidio” que pesa sobre él en simple acusación de “negligencia”. Lo que equivale a renunciar a toda voluntad de conseguir la extradición del acusado para que sea juzgado en la India. El tribunal debe decidir sobre esta petición el 17 de julio. Nadie duda que se doblegará ante las exigencias de Nueva Delhi. ¿A qué presión habrá sido sometido el gobierno indio por parte de Washington para pedir a la justicia local que exonere al principal culpable de la tragedia de Bhopal? Una presión que surge de la cúspide, sin duda alguna. En efecto, ¿cómo podría George W. Bush aceptar que un antiguo dirigente de una multinacional norteamericana pueda ser amenazado por un procedimiento de extradición puesto en marcha por un país del tercer mundo?

En su deseo de complacer a Norteamérica, el gobierno indio ha olvidado sencillamente la indomable voluntad de los supervivientes de la masacre del 3 de diciembre de 1984. Liderados por un personaje de leyenda llamado “Sathyu”, antiguo ingeniero mecánico que ha dedicado 18 años de su vida a aliviar el sufrimiento de 150.000 supervivientes de la tragedia, un grupo de mujeres y de hombres, todos víctimas de la catástrofe, han viajado a Nueva Delhi portando el estandarte de la protesta. ¿Su arma? La misma que utilizó el padre de su nación, el mahatma Gandhi, para echar a los ingleses del subcontinente: la huelga de hambre. Tara Bai, una de las huelguistas, tiene 35 años. Estaba embarazada de tres meses en el momento del accidente. Perdió a su bebé tratando de huir de la nube mortal. El gas ha dañado sus pulmones. Nunca pudo tener más hijos y desde entonces padece insuficiencia respiratoria, ceguera parcial y crisis de ansiedad. Su compañera, Rashida Bai, de 46 años, perdió a cinco miembros de su familia durante aquella noche trágica. A pesar de su medio-ceguera, dirige una de las organizaciones de supervivientes más activas. Fue ella quien organizó la famosa marcha de las mujeres de Bhopal que recorrió, hace tres años, más de mil km a pie. Con sus hijos en brazos, vinieron a manifestarse frente al Parlamento, a pedir que fuesen respetados los derechos de las víctimas. Los demás huelgistas son todos veteranos de un incansable combate por la justicia. Pero, debido a su precaria salud, la huelga de hambre corre el riesgo de llevarse varias vidas por delante. Hoy cumplen el noveno día. Tres de ellos acaban de entrar en coma.

Como en toda acción no violenta, los días y las noches son de fiesta alrededor del ingeniero Sathyu y de sus compañeros de sufrimiento. Aparte de los cientos de Bhopalíes que acuden sin descanso, nubes de periodistas, de líderes políticos y sindicales y de personalidades asedian al patético grupito instalado sobre esterillas en la acera, con agua de limón como único alimento. La multitud canta y recita mantras. Como siempre en la India, la aventura se ha hecho espiritual. Pero en todo momento, la aparición de una pancarta puede transformar el buen humor en una explosión de cólera. Una de las pancartas denuncia lo que supone un nuevo insulto de las autoridades a los derechos de las víctimas. Un diputado del BJP, el partido extremista hindú en el poder, acaba de conseguir que se distribuyan indemnizaciones financieras a los habitantes hindúes de veinte nuevos barrios de Bhopal. Barrios que no fueron afectados en absoluto por la nube tóxica. Bonita manera de comprar votos para las próximas elecciones.

Las auténticas víctimas de la catástrofe de Union Carbide padecen todas una terrible maldición: son pobres. Porque durante la noche fatal, el viento soplaba del norte hacia el sur. En el norte, estaba la fábrica. Y al sur, miles de inmigrantes se amontonaban en barrios de chabolas bajo los mismos muros de los talleres de producción de una fábrica que les había atraído como un imán. Una fábrica que Norteamérica había ofrecido a los campesinos de la India.

En este terrible mes de julio, la cólera de los huelgistas del hambre de Nueva Delhi se alimenta de una tercera determinación. La de obligar al gobierno a conseguir que la multinacional Dow Chemicals, actual dueña de Union Carbide, asuma las responsabilidades de la difunta sociedad en asuntos de medio ambiente y de tratamiento médico. En efecto, Carbide desapareció en 1984 dejando cientos de toneladas de vertidos tóxicos en el recinto de su fábrica abandonada. Esta espantosa contaminación envenena cada día un poco más las capas freáticas que nutren los pozos de agua de los vecinos que hoy siguen en los alrededores de las estructuras metálicas oxidadas y de los edificios en ruinas. Recientemente he querido comprobar la agresión de esta contaminación bebiendo medio vaso del agua de uno de estos pozos. Mi boca, mi garganta y mi lengua se inflamaron; mis brazos y mis piernas se cubrieron de una erupción cutánea. Una aflicción crónica que miles de hombres, de mujeres y de niños están hoy, dieciocho años después de la tragedia, obligados a soportar. Gracias a los derechos de autor de Era medianoche en Bhopal, Javier Moro y yo hemos puesto en m marcha un proyecto para distribuir agua potable a este vecindario de varios miles de habitantes.

Ahora que la India intenta por todos los medios atraer a grandes empresas internacionales, es poco probable que sus dirigentes quieran enfrentarse a un mastodonte como Dow Chemicals. A no ser que la mayor democracia del mundo escuche las voces desesperadas de los mártires de Nueva Delhi.


Dominique Lapierre